lunes, 2 de febrero de 2009

Abuelo

La primera carta
Abuelo,
lo demás me da igual, Dios murió antes de que yo naciera…
Solo quería saber de ti lo que ni tu mujer ni tu hijo pudieron contarme nunca y ver tu imagen en algún retrato, donde poder leer en una mirada transparente “me despido de ti y de toda la familia para siempre. Adiós a todos…”
Cómo sería posible no responderte, aún 70 años después que lo escribieras, a 75 días del final de la República, y de madrugada, en un Madrid sin sueños, solo entre otras 79 almas, también conocedoras de su inminente asesinato por “heridas causadas por arma de guerra”.
Los asesinos, en su regocijo, os avisaban con tiempo. El justo y necesario para despediros de la familia, pero ¡que eternos minutos para saberse inocente!
“ te mando el monedero con 6 pesetas y mi sortija para que tengas un recuerdo mío”
…y gracias que tus últimos pensamientos pudieron llegar a su destino.
Cómo no decirte abuelo que este pedazo de papel doblado en cuatro cachitos, que fue rescatado de alguna rendija en los muros de Porlier o comulgó por obligación con alguna sotana para que llegara a su destino, y que está ahora mismo aquí, a mi lado, es mi gran tesoro.
Lo demás, que es mucho, ya te lo iré contando. Este año, y sabiendo la esperanza de vida de quienes padecen escasez de todo menos de ideales, cumplirías 100 años en diciembre.
Solo quiero que sepas que me acuerdo.
¡Un fuerte abrazo, abuelo!¡Un fuerte abrazo, compañero!
(Seguimos en contacto)

La segunda carta

Hola, abuelo Tomás (por si no te lo había dicho antes, te diré que somos tocayos por algo y me siento muy orgulloso).
Hoy he despertado con ganas de dar batalla y clavarme incluso las espuelas de tu montura, la misma que te ayudaba a llevar el pasto de Majadahonda a Legazpi, para que se alimentara la caballería de guerra.
Te respondía, en mi anterior carta, que conservo como un tesoro tus últimos pensamientos, pero tengo más, te cuento:
hace más de cuatro años que rescatamos vuestros nombres de un listado casi perdido y los enganchamos al viento (así se llamaba la calle donde vivías en el pueblo), para lanzarlos al mundo entero y escribir vuestra noble historia arrebatada. Ahora el viento se conoce como internet.
Seguro que te cuesta creerlo, pero gracias al viento y al inquebrantable mensaje que portaba, nos hemos podido abrazar con otros nietos, hijos y sobrinos de asesinados, con muchos camaradas y amigos que tuvieron que soportar la suerte de una vida sin libertad y sin futuro y que, incluso, compartieron cárcel contigo.
Gracias al viento, hoy puedo escribirte y entender tus respuestas. Hoy puedo decirte que, buscándote, me conozco más, aunque solo sea porque tú lo supiste primero.
Supongo que te llegarían los claveles y deseos del año pasado. Entre familiares y amigos nos juntamos unos cuantos para deciros a la vez gracias, muchas gracias por Todo, con mayúsculas.
También intuyo que, además de claveles (los llevaré a la tapia de todas las maneras) preferirías que siguiera luchando por las nobles y justas ideas que defendiste y, sobre todo, por seguir sacando legumbres de las tierras que no consiguieron arrebatarte.
Abuelo, de alguna manera, llevamos tiempo sembrando aquellos surcos que dejaste a medias, para que puedan alimentarnos de dignidad algún día. Si te busco, si alguien busca a un luchador, es inevitable que sea para seguir su lucha.
En eso estamos
(te sigo escribiendo)

Tomás Montero a su abuelo Tomás.

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