jueves, 26 de marzo de 2009

No sé si te dio tiempo a enterarte...

Hola abuelo:

Anoche le decía a la Sil que pronto volverás. Anda bastante alocada desde que te fuiste, aullando por toda la casa, arañando con su pezuña la puerta de tu cuarto. Todavía tiene magullado el hocico del día que te llevaron. No sé si te dio tiempo a enterarte de que le arreó un mordisco a uno de aquellos hombres oscuros, y que éste se revolvió y la pateó bien fuerte el muy canalla. No sé si sabe la Sil que estás en el penal. Pero la cosa es que me da en la nariz que sí, porque algún día la he visto merodear por allí, olisqueando por las esquinas, mirando hacia los ventanales. Es lista la jodía perra. Yo la quiero sacar, y eso, porque la abuela se pone mala de oírla, pero no se quiere venir ni a tiros. Se pasa el día esperándote. Como nosotros. La abuela dice que está contenta, pero yo creo que no, y hasta el otro día la oí rezar. Madre llora todos los días y casi no sale a la calle. Ayer me mandó a los ultramarinos porque decía que no podía pisar la calle, que se mareaba. Yo creo que tiene miedo. Es que una tarde estuvo aquí el de Renuncio, que ahora también va con el traje ese de las flechas, y dijo palabras muy altas sobre ti y tus libros y el periódico, y cuando se fue, la abuela y madre estaban abrazadas y hablando en voz baja para que no las oyera. Sé que te echan de menos. Pero no te preocupes, que yo las cuido. Todas las noches cierro bien la puerta, y cuando escucho algún ruido raro, bajo escopetado y cojo tu cachava, por si las moscas. Aquí en el barrio se han llevado a muchos: al padre del Lolo, al tío de Tanín, al abuelo del Paco. Algunas tardes nos juntamos donde la fuente, y hablamos de ello. Pero a mí no me gusta. Prefiero ir solo, como si estuviera dando un paseo contigo: camino hacia al Café La Prosperidad, aunque no entro, y luego me acerco hasta el Ateneo –que lo han cambiado de nombre-, y a veces incluso me detengo en alguna de las librerías que te gustan, aunque ya están cerradas. Me da pena de la Sil. A veces me mira como si de mí dependiera tu regreso. Yo la acaricio la cabecita pelada, y le digo que vendrás, que no se preocupe, perra lista y guapa. Ya he terminado de leer ‘Rojo y Negro’, y querría preguntarte algunas cosas, pero de fijo que ahí dentro andas demasiado ocupado como para hablar de libros. Todas las noches, antes de acostarme, pienso en ti, abuelo. Cierro los ojos e imagino que vienes a mi cama y me arropas, y me cuentas un cuento, como siempre. Cierro los ojos y siento que me acaricias, que tu mano grande de tipógrafo me impregna de la tinta de tu sabiduría. Cierro los ojos, abuelo, para sentir que estás cerca, que no te has ido, que aún es pronto, que hoy es todavía una noche más para nosotros, una victoria nueva, otro milagro. Cierro los ojos y pienso todo eso, pero pronto pasa, es un espejismo. No estás. Y hay una certeza que me atraviesa el cuerpo, como un escalofrío: que no volverás. Quiero verte abuelo, quiero escuchar otra vez tu voz. Quiero acompañarte el mercado, con la Sil entre tus piernas, perrita buena, y después llevarle las cosas a la abuela y a madre, y que las beses como haces siempre, con esa alegría buena que tienes en el cuerpo y que nos contagia siempre. Eso es lo que pasa ahora, abuelo. Que la casa está triste porque está vacía de ti, de tu presencia. Quisiera saber, abuelo, si piensas en mí todas las noches, si tu también imaginas que entras en mi habitación y me acaricias y me susurras el cuento o alguna historia de la tuyas. Quisiera saber si me quieres tanto como yo te quiero a ti, abuelo. Quiero que todo esto termine ya. Quiero que vuelvas, abuelo. Que no pase nada malo. Que tengas salud. Que ni te maten ni te mueras. Que todos nos moriríamos de pena. Y la Sil la primera. Vuelve, abuelo. Aquí estamos todos, esperándote.

Un beso.
Rodrigo Pérez Barredo. Periodista